viernes, 18 de enero de 2013

Y la nave... vino




Habían pasado varios años desde el naufragio. Los odios, la codicia, las vanidades y la estupidez habían contribuido a que la tragedia fuera perfecta. Las innumerables víctimas, y los escasos sobrevivientes, habían compartido heroísmos y miserias. Solo la orquesta había permanecido ajena a los eventos. Haciendo gala de una vocación trascendente, habían permanecido firmes en sus puestos, ostentando una dignidad inaccesible para el resto de los náufragos.
Tal vez por esa razón, a pesar del tiempo, inmunes a la corrosión de los metales y a la putrefacción de la carne y la madera, seguían interpretando su música. Evidentemente ajenos al fondo marítimo, se resistían al destino que injustamente les fuera impuesto por la desidia y la inoperancia, cuando no por la corrupción y delincuencia ajenas.
Privada de su flotabilidad, la nave había perdido su cualidad de tal. Abandonada a las destructivas e inclementes fuerzas del fondo del mar, una nave pierde la totalidad de su esencia náutica. Privada de superficie, su forma y diseño carecen de sentido alguno. Vacías de viento, sus velas son simplemente paños empapados, con una distribución y diseño ajenas a cualquier causa y efecto de los abismos oceánicos.
Las víctimas (algunas que no lo eran tanto) y los sobrevivientes (algunos que no eran tales), compartían una apariencia y una esencia fantasmagórica. Sólo los músicos conservaban una inverosímil cualidad de humanos. En el barco fantasma poblado de fantasmas que yacía inmóvil sometido a las inclemencias del fondo, solo la música desentonaba con el paisaje. Extrañamente, lo único humano de aquel conjunto, era lo mas extraño y fuera de lugar del conjunto.
Atroz y dramática, su historia parecía destinada a sumarse al inagotable cúmulo de leyendas que alimentan la mitología marina, de triángulo a triángulo, de Bermudas al Dragón. Sólo que sucedió algo inesperado. 
Un grupo de sobrevivientes, se negó a dar por sentado que no había nada que hacer ante los hechos consumados. Sabedores de la supervivencia de los músicos y de su inclaudicable voluntad, decidieron reflotar la nave.
Entonces ocurrió algo curioso: Los mismos sobrevivientes que callaron ante los pésimos materiales con los que se construyó la nave, pusieron en duda la capacidad de los que intentaron rescatarla del fondo del océano. Aquellos familiares de las víctimas que nunca elevaron la voz para denunciar la desastrosa infraestructura de la nave, de pronto se volvieron críticos acérrimos de los encargados del programa de reflotamiento del barco. Los tripulantes que se bajaron del barco cuando comenzaron los rumores sobre el peligro que implicaba navegar en el, de pronto se convirtieron en embajadores de la condena a los rescatistas. Los pícaros que se beneficiaron del sobrepeso que implicaba la utilización del velero para contrabandear mercancías de ultramar, salieron a gritar a los cuatro vientos sobre la deshonestidad,impericia y desidia de los que pretendían reflotarlo.
Convencidos de que intentar rescatar algo del fondo era una utopía, los exterminadores de utopías se abocaron de lleno a la tarea de estigmatizar y desanimar a los rescatistas y a sus seguidores.
De la noche a la mañana, la nave fue una causa universal. Los evasores de impuestos organizaban colectas, los que se indignaban por la ayuda a los necesitados consideraban una causa nacional el reflotamiento del navío, los sordos militantes clamaban por el rescate de los músicos y de la música, los utraindividualistas se abocaron a una causa común, los neoliberales reclamaron por que el estado no tenía suficiente presencia en el rescate. 
Y todos coincidieron en que lo que se estaba haciendo era inútil e insuficiente, y que esa era la principal razón por la que la nave seguía fondeada en el fondo.
Íntimamente sabían (aunque no lo expresaran públicamente) que nada podía emerger del fondo.

Mientras tanto, el grupo de sobrevivientes seguía, sin prisa pero sin pausa con su plan de rescate.

Mientras los refutadores de proyectos exhortaban a las multitudes por intermedio de los propaladores de refutaciones, los realizadores de utopías corrían cada vez mas lejos el horizonte utópico.
De pronto el proyecto tuvo su síntesis: Para sacar la nave a flote era necesario alejarse del fondo.

El resto es historia conocida.
Mucho trabajo, algo de paciencia, mucha firmeza. Muchas alianzas, mucha solidaridad, toda la  perseverancia. Mucho coraje, algo de indisciplina y mucha grandeza.
Y el horizonte que está cada vez mas lejos, consecuencia lógica del avance decidido hacia la utopía.
Y un día la nave se despegó del fondo, y comenzó a ascender hacia la superficie. Y al llegar allí, el casco que recupera su función de casco, y las bombas que comienzan a achicar el agua. Y el diseño que vuelve a ser esbelto, elegante y aerodinámico. y los mástiles que comienzan a sostener las velas, en vez de evitar que se las lleve la corriente. Y las velas que dejan de flotar para inflarse con el viento, y comienzan a empujar la nave hacia su destino.

Y la orquesta, que siguió tocando...

Y al llegar a destino la fiesta. Con música incluida. Nadie festeja mejor que los realizadores de utopías.
A mí me lo contó mi hijo, que anduvo por allá, mientras yo me quedé trabajando, enfrascado en mi propia utopía, que a su vez es parte de una utopía colectiva. Porque el trabajo, es un realizador de utopías a niveles múltiples. Posibilita el acceso a la mía, a la nuestra y a la de todos.

Mientras tanto, los refutadores de proyectos, los propaladores de refutaciones, los exterminadores de utopías, los evasores de impuestos, los indignados por las ayudas, los sordos militantes, los ultraindividualistas y los neoliberales no concurrieron a la fiesta. Se quedaron en sus casas masticando bronca. Jamás volvieron a mencionar el tema.
Quedó en claro que la nave jamás les había importado.
La nave era nada mas que una metáfora.

Y entre tanto símbolo, metáfora y eufemismo, rescato una idea:
"Para salir a flote es necesario alejarse del fondo"

Y la nave... vino.