jueves, 2 de junio de 2011

Historia en dos ciudades

Hacía calor.
Las 5 o 6 cuadras que lo separaban de la pensión se le hacían interminables.
Llevaba el cansancio grabado en la cara. Los dientes apretados por la bronca.
Se había pasado el día yendo de un lado para otro, y todavía no había conseguido nada.
-"Es una señora muy buena", le habían dicho -"vaya de mi parte a verla y quién le dice que no le encuentra una solución".
Hacía horas que había caído la noche, y sabía que cada minuto que pasaba sus posibilidades disminuían.


Hacía frío.
Las 10 o 12 cuadras que lo separaban de la iglesia se le hacían interminables.
Llevaba las manos dentro de la campera de jean. Los dientes apretados para no tiritar.
La tarde se le había hecho corta con tanto trabajo, y todavía tenía que averiguar como era la tranca que le habían pedido para poder hacer el presupuesto. -"Es igualita a la de la iglesia" , le había dicho, "andá de mi parte a verla y me hacés el presupuesto".
Apuró el paso, para llegar de día. No quería molestar.


-"Buenas tardes, busco a la señora ...
-"La señora ... hace dos años que no vive mas acá. Yo soy el nuevo dueño."
-"¡Mire señor! Hace tres días que estoy durmiendo en un banco en la terminal, y yo no estoy acostumbrado a eso. Si paso una sola noche más ahí me voy a morir. Yo no tengo para pagarle ahora, pero algún día le voy a pagar. ¿No me permitiría dormir una noche en su pensión? "


-"Buenas tardes,busco a la señora ...
-"Soy yo"  
-"Vengo de parte de ... para ver la tranca de la puerta , para sacar el modelo y poder hacerle un presupuesto".
-"Acá no tenemos ninguna tranca" contesta de muy mal modo la anciana, antes de cerrarle la puerta en la cara. A continuación del portazo, y el girar de la llave en la cerradura, se oyó claramente el sonido de la tranca, al caer en su soporte.



El hombre duda, está apenas asomado con la puerta entreabierta. Adentro, su pié izquierdo apuntala la parte inferior de la puerta, mientras que su mano izquierda sostiene firmemente el picaporte. Hace horas que anocheció y la calle es un poco oscura.
De pronto se decide, aparta el pié y abre decidido la puerta, apartándose para dar paso..
-"Pase mi amigo, veremos que podemos hacer por usted"
El otro pasa, como pidiendo disculpas, atraviesa la puerta, da dos pasos y se larga a llorar .
-"Gracias señor, usted es un santo" dice incapaz de contener los sollozos.
-"Ni Dios lo permita" dice el otro sonriente -"Soy ateo"


Terminada de colocar la tranca, hecha con el diseño provisto con un herrero, se dispone a cobrar.
-"¿Podrías pasar a cobrar esta tarde por la capilla? Porque no tengo el dinero acá, y te queda mas cerca de tu casa." Pregunta la dueña de casa.
-"No hay problema" dice, saluda y se vá.


Pasado el momento incómodo, el huesped, cuenta su historia.
Un profesional católico practicante víctima de una estafa a cientos de km de su casa, que habiendo vivido en una Iglesia durante su exilio en Europa, concurre a varias iglesias de la ciudad, solicitando hospitalidad, hasta que le llegue un giro de efectivo que se ha retrasado. En todas obtiene una respuesta negativa, hasta que alguien le  sugiere llegarse hasta la pensión.
A los tres días, el huesped recibe un giro con el que abona la totalidad de la deuda, y sigue viaje a su ciudad.
-"Nunca voy a olvidar esto" dice.


El hombre entra a la iglesia.
No se persigna, enfila hacia un costado y observa buscando a su clienta.
La encuentra, en una oficina con una puerta vidriada, está acompañada.
-"Permiso..." dice el
-"Pasá, pasá, te presento a ..., es la que no te dejó pasar el otro día" contesta ella
-"Encantado" dice y le tiende la mano
-"También vos, venirte a ver la tranca con esa facha, si parecés un delincuente, si no te conociera yo tampoco te dejo pasar."
 El hombre no puede creer lo que escucha.
Frente a el, y a las espaldas de las mujeres, un enorme retrato, preside la oficina.

Se trata de un hombre joven como el, delgado como el, barbudo como el, de pelo largo mas allá de los hombros como el, de ojos claros como el, de mirada franca como el, un hombre de oficio como el.
Y las diferencias con el retrato, son tan significativas como las similitudes, porque el hombre sabe quién es el del retrato, y sabe que las diferencias son mentirosas.
Porque el retratado, no puede haber lucido ese pelo ondeado, y brilloso, de propaganda de Pantene, difícilmente pueda haber sido así el pelo de un carpintero que vivía en una zona árida y polvorienta. Definitivamente tiene que haber sido mas  parecido al suyo que al del cuadro.
Porque un carpintero judío definitivamente no tendría esas ropas lujosas de la pintura, salvando las diferencias de época, tienen que haber sido como las suyas, ropas de un trabajador.
Porque esos ojos celestes de hermandad aria que luce el retratado, poco tienen que ver con los ojos de un joven de origen semita de hace veinte siglos. Seguramente tienen que haber sido mas oscuros que los de él.
Porque un habitante de esas zonas desérticas, curtido por treintaitres años de vientos y arena, tienen que haber moldeado un rostro curtido y arrugado como el de él.
Porque esas manos de porelana del retrato, no se parecen a las callosas y castigadas manos de un laburante como él. 
El hombre extiende su callosa mano izquierda hasta el dinero que le ofrece la mujer. No contesta, sonríe, señala con el índice de su mano derecha el retrato, sonríe mas, pega media vuelta y se va sin saludar, sin una palabra. Puede oirse el silencio de las señoras ,que comprenden.
O no.
El hombre sale de la iglesia.
"Nunca voy a olvidar esto" piensa.