martes, 3 de enero de 2012

Realidades prét à porter

Los fanáticos de la causa-efecto biunívoca, los que entienden la vida como una línea temporal, recta y estructurada, los eficientistas, tienden a ser fanáticos también del azar.
Y es lógico, todo lo que su simpleza de análisis no abarca, tiende a aparecer azaroso, imprevisible, mágico.
El pensamiento mágico es hijo de la ignorancia.
El cavernícola que no tenía explicación para el rayo, y mucho menos para el fuego que producía éste al tronchar un árbol, atribuía estos eventos a la magia, a los espíritus, a los dioses.
Curiosamente en estos tiempos donde la ciencia ha permitido un tremendo desarrollo tecnológico, hay una vuelta de tuerca hacia el pensamiento mágico.

Cavernícolas ultratecnológicos, desconocemos totalmente por que motivo la luz se enciende al apretar la perilla (tan condicionados estamos, que a nadie se le ocurriría colocar en su casa un sistema de encendido-apagado que respondiera al chasquido de los dedos, cosa totalmente factible técnicamente, o a la voz, o al movimiento, al que sí tenemos asociado a las alarmas), desconocemos los mínimos secretos del motor de cuatro tiempos de nuestro auto (aunque no caminemos ni hasta el quiosco), como es que las imágenes  aparecen en la pantalla de la computadora cuando apretamos una serie de teclas (aunque seamos adictos al facebook) , los rudimentos del celular, que llevamos encima para que todo el mundo pueda tenernos a su alcance, (aunque nos mientan que es para que nosotros nos comuniquemos con los demás). Ignoramos como se hizo el alimento que consumiremos con total tranquilidad, por contar con el aval de una empresa de la que ignoramos todo, excepto el nombre.
Ignoramos las razones por las cuales una noticia se sobreexpone mientras otra se invisibiliza, y basamos nuestro sistema de creencias en la confianza que tenemos a tal o cual marca de información.
Incluso llamamos ciencia, a la versión de la misma preparada por el paradigma dominante, siempre atento a la conservación del statu quo, siempre alerta a los intereses económicos, generalmente mas atenta a la moral que a la ética, poco afecta a los cambios radicales (recuérdese a la corporación "economista" antes del 2003, tantas opiniones diferentes para llegar todos a las mismas conclusiones).

La falta de una y solo una causa para uno y solo un efecto nos pone locos, y cuando no hallamos esa "supercausa", preferimos una mentira tranquilizadora, que una engorrosa explicación sistémica, que nos remita a una miríada de antecedentes interconectados, dando como resultado un consecuente (o varios a la vez, tan entrelazados como los primeros).
Tal vez en esta apreciación de una buena mentira (interesada, jamás piadosa) por sobre una verdad compleja y engorrosa, descanse la longevidad de medios como Clarín, o la Nación por ejemplo.
Nadie ignora que nos mienten, pero nos entregan un relato inteligible, conciso y terminado.
Nos ayudan a separar a los buenos de los malos.
Nos traducen la realidad a blanco o negro.
¿Quién quiere pasarse la vida pensando una realidad repleta de matices?

Un adolescente me dijo una vez  : -"Atilio, la ignorancia es un don" , mientras se reía de mi preocupación por como alguien se dejaba llevar alegre en contra de su propios intereses.
Tengo el don de desconocer si la cita le pertenecía, pero explica muchas cosas.
La ignorancia nos facilita la elección.
Solamente tenemos que elegir si queremos estar en el bando blanco o en el negro.
Y sentarnos a engordar nuestros prejuicios con el alimento balanceado que nos provee alguien cuya objetividad no puede ser cuestionada, so pena de convertirnos en opresores de la libertad de prensa.

Mientras tanto, la tecnología nos sigue colmando de soluciones a problemas que jamás tuvimos (hasta el momento en que alguien publicitó y puso a la venta dicha solución)
La medicina sigue poniendo nombres de enfermedades a situaciones a las que puede medicar (aunque pertenezcan a la vida misma)
Las corporaciones nos bombardean con sus verdades absolutas (para obtener ventajas mezqinas)
La realidad se hace mas y mas compleja, y menos inteligible. (Dichoso el pescador que pudiera revolver el río a su voluntad)
Y la pereza, el último ingrediente de este cóctel, nos sumerge de lleno en el realismo mágico, aunque sin la belleza de los mundos del Gabo. Los espíritus y los dioses continúan forjando nuestro destino.


Nada sabemos pués, del mundo que nos rodea. Estamos rodeados de magia.
Sólo ha cambiado el confort de las cavernas.